La bomba de Hiroshima y las mil grullas

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Sadako Sasaki es una de las víctimas más recordadas de la bomba atómica que lanzó Estados Unidos en Hiroshima durante la Segunda Guerra Mundial. No fue una de las 140.000 personas exterminadas por el impacto inicial, sino una de aquellas que fallecieron al cabo de los años a causa de las enfermedades que provocó la radiación. Esta es la humilde historia de todo un símbolo de la paz en Japón.

En el momento de la explosión del 6 de agosto de 1945, Sadako tenía tan solo dos años y se encontraba en su casa ubicada a tan solo 1,7 km de la zona cero de la deflagración. Dado que la vivienda se incendió del mismo modo que todas las construcciones situadas en un radio de dos kilómetros, su familia tuvo que refugiarse en la casa de un familiar en Miyoshi, aunque por suerte, todos ellos lograron salir ilesos del bombardeo.

Dos años después pudieron comenzar a hacer vida normal e incluso abrieron una nueva barbería en la ciudad. Por su parte, Sadako se matriculó unos años más tarde en la Escuela Primaria de Nobori-cho y no tardó en destacar en atletismo. Su sueño era llegar a ser profesora de educación física, pero en noviembre de 1954 se empezó a encontrar mal y poco después le aparecieron una serie de puntos negros alrededor del cuello. Éstos derivaron en una hinchazón y a finales de enero le salieron una serie de manchas moradas que comenzaron a reproducirse en su pierna izquierda. Es entonces cuando le diagnosticaron leucemia, la« enfermedad de la bomba A», en el Hospital de la Cruz Roja de Hiroshima junto con el peor de los diagnósticos: le quedaba como mucho un año de vida. El 21 de febrero la ingresaron en ese mismo hospital.

Una vez allí, su mejor amiga, Chizuko Hamamoto, le contó una vieja leyenda sobre alguien que plegó mil grullas de papel y, gracias a ello, los dioses le concedieron un deseo. Chizuko le regaló su primera grulla, hecha con papel dorado, y le dijo: «Aquí tienes tu primera grulla». Entonces Sadako se propuso hacer lo mismo, con la esperanza de poder volver a correr de nuevo. Al poco tiempo de empezar su tarea conoció a un niño al que le quedaba muy poco tiempo de vida por la misma causa, la leucemia, de modo que le animó a que hiciera lo mismo que ella, pero el niño respondió: «Sé que moriré esta noche».

En ese momento Sadako decidió que no solo pediría su propia curación, sino también la de todas las víctimas del mundo. Sin embargo, sólo pudo completar 644 grullas de papel, ya que murió el 25 de octubre de 1955 a los 12 años de edad, tras un año y dos meses en el hospital. Su familia y compañeros del colegio se encargaron de confeccionar las 356 grullas que faltaban para llegar al millar. Sadako fue enterrada con ellas y desde entonces, cada mes de agosto este el aspecto que luce cada una de las esculturas que honra su memoria:

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